El Carro de Atapuerca

Cuentan las memorias menos desmemoriadas de la localidad de Atapuerca, que la costumbre del paseo en carro a todos aquellos que deciden llevar a cabo la tradición de casarse, y hacerlo en el pueblo se remonta aproximadamente al siglo XIX, entre 1895 y 1918. En aquellos remotos tiempos, había un tabernero llamado Benito Ibeas, hijo de Antonio, el carretero, hombre respetado este Antonio por su condición, adinerado de los de antes y con grandes responsabilidades en la villa, ya que se encargaba entre otros menesteres, de encender y apagar las velas de la iglesia.

Vestido con una saya larga hasta los pies y mata candelas en mano, para las velas rebeldes colocadas en la zona más alta del altar mayor. Disponía este Benito, de un carro para sus labores propias en la taberna. Por aquellos tiempos dicho carromato era distinto a los demás, porque tenía capota o toldo, y era tirado por mulos. A diferencia de los carros que vemos aún hoy en Atapuerca, que solo tienen una viga central, y eran tirados por bueyes, este que nos ocupa, tenía dos y era en el medio donde iban situados los animales, mulos o caballos. En aquel tiempo era de rigor pagar lo que se llamaba las costumbres, no eran leyes ni impuestos, pero para los vecinos de Atapuerca, tenían la misma o más validez que estos.

Una de ellas consistia en que el día de la boda de uno, el novio obsequiaba al pueblo con una cántara de vino. Si el novio era forastero la costumbre decía que en vez de una cántara habían de ser dos. El no pagar las costumbres suponía para el mozo del pueblo ser amonestado por sus vecinos, no dejarle hablar en los concejos y ser tratado siempre como un forastero. No se sabe con exactitud, pero parece ser que la condición de la época era pródiga en apuestas y porfías, por lo cual Benito apostó con los jóvenes de la localidad que si en el altar de la iglesia decía dos veces a la novia que no, dichos mozos le bajarían montado en el carro una vez desposado y además los jóvenes le pagarían una cántara de vino al novio. Los mozos a cambio de la cántara de vino prometida, no lo dudaron un momento. Dicho tabernero obsequió a su vez al pueblo con otra cántara (recordamos que una cántara son 16 litros), para sus vecinos, como mandaba la costumbre. Por dos veces respondió que no a la pregunta del sacerdote de si quería a la mujer por esposa y a la tercera vez que el párroco hizo la pregunta contestó :"la quiero y la amo y una cántara de vino que me gano".

Los mozos de la localidad con el matrimonio hecho efectivo en la Iglesia, pasearon a los novios desde la Iglesia hasta el domicilio de la novia, que era donde habitualmente se realizaba el convite nupcial. Parece ser que a partir de ahí, joven que se casaba, le pedía el carro a dicho tabernero, por ser más espectacular que los demás, debido a la flamante capota de que disponía, tradición que se remonta hasta nuestros días y por la cual se cubre con hiedras, plantas etc, para hacer de los carros de que se dispone hoy en día de un carro cubierto, más elegante y distinguido. Los más ancianos del lugar, aún recuerdan bodas, en las cuales la juerga, se ha extendido hasta dos ó tres días, dependiendo en gran parte de la generosidad del contrayente.

Tradiciones que hoy en día se conservan, aunque se ha sustituido el ir a buscar a la novia a casa, por un flamante paseo de la pareja por el pueblo, y nada se sabe de las cántaras de vino y el pan, que se han sustituido por un lunch en el bar del pueblo. Cuidemos nuestras tradiciones que ya nos quedan muy pocas, y si tienen pensado casarse no se olviden pedir cita para el carro, porque hay que ver lo solicitado que está este año.

Documentación : Faustino Mena Perez, Julio García Cerda, Eulogio Cerda Garcia, Narciso Cerda Garcia y Elias García Garcia, Texto : Marta L. Saiz Sanz.