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Recuerdos escolares en Atapuerca |
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| Estas notas se refieran a vivencias de los alumnos ocurridas durante los años 1970 y 1979. Las escuelas de Atapuerca se inauguraron en 1932. El centro estaba dividido en dos partes, separados a la altura donde actualmente está el busto de Don Pablo García Virumbrales: el masculino hacia la sierra y el femenino hacia la carretera. Los edificios más altos del complejo eran las viviendas de los respectivos maestros, la del lado de los chicos estaba ocupada por el matrimonio Don Lorenzo y Doña Elena, él el maestro de los chicos y ella la maestra en San Juan de Ortega y en Agés. En el del lado de las chicas vivían Doña Luci y su padre el Señor Domingo, ella la maestra de las chicas y él Guardia Civil retirado. En ambos lados, las clases se desarrollaban en cursos conjuntos, desde primero hasta octavo. En la mañana, al entrar a la escuela teníamos que cantar el himno, que entonces tenía letra. Una anécdota a la que se alude con insistencia es que, por la tarde, Don Lorenzo tenía por costumbre echarse una siesta, en su mesa, sobre sus brazos cruzados, junto a una campanilla para tocar cuando se salía y cuando se entraba. Para que le dejaran tranquilo, dejaba a los alumnos con unas tareas que había preparado previamente. Cuando se despertaba, siempre lo hacía con rapidez, y al que cogía haciendo alguna, agarraba la campanilla y se la tiraba. Los más afectados solían ser los mayores. Llegada una edad, se pasaba de escribir con lápiz a hacerlo con tinta, y como los chicos eramos muy curiosos todos, nuestros pupitres estaban llenos de escrituras y garabatos. Ocurrió que en la escuela de chicos, faltaban alumnos, y se llenó el cupo con alumnos venidos de Agés. No se sabe seguro que eso significara el cierre de las escuelas de Agés, lo que sí se produjo fueron muchos piques entre los chicos, normalmente por cosa del fútbol. Solían, se dice, ganar los de Atapuerca, aunque esto puede ser desmentido por los de Agés. Los mayores mandaban sobre los pequeños, por ejemplo; -Mi hermano me mandaba a ir a casa a por la merienda, la de ambos, y había que hacerlo, que si no... Algunos días, ya en casa, mi madre me decía que me comiera el bocadillo en casa, que el otro se espabilara; algunas veces me tocaba algo por aquello... También castigaban directamente sin recreo, si no les hacías algo de lo que te mandaban, nos pasábamos los recreos en "el rincón", de cara a la pared. El rincón era un lugar específico que estaba en el pasillo de entrada a la escuela, y si no hacías caso, te daban abrigazos: golpes dados con los abrigos de la percha. Otra gorda fue la que en el cobertizo de la huerta grande, donde está actualmente la panadería Las Cuevas, cobertizo que tenía dos pisos apenas separados por cuatro tablas, un día que uno de los chicos tenía una fuerte cagalera estando en el piso de arriba, se disponía a hacer de lo suyo, y al "rata" no se le ocurrió otra cosa más que bajarse al piso de abajo diciendo -que no me cagas, que no me cagas-, y el otro, ni corto ni perezoso, se bajó rápidamente los pantalones embadurnándole por completo. Le llevaron a lavar al pilón del caño, pero aquella tarde, en la escuela, no había quién parara a su lado. También tenían deberes los mayores, una de estas obligaciones era ir a por varas de avellano o salce para el maestro, se tenían que ir a buscar donde fuera, la cosa es que esas varas debían pasar el examen del maestro, que debían valer para darnos unos buenos varazos en las nalgas. Había un tal José Mari, hijo de Arturo, que era uno de los cabecillas, el pobre se murió muy joven por un cáncer o leucemia. Años más tarde, por causa de la despoblación, las clases se desarrollaron uniendo ambos sexos. Se notaba muy clarito qué pupitre era de chico y cual de chica, pues, además de ser mucho más cuidadosas que nosotros, Doña Elena nos mandaba darles cera y pulir sus pupitres. Otra costumbre de Doña Elena era la de mandarnos a los más puntuales a hacer astillas para encender la estufa de clase, esto lo hacíamos en los cobertizos donde ahora está la sala nueva. Ambos maestros disfrutaban de una dura reputación, aunque es de justicia decir que algunos alumnos les están bien agradecidos, pues gracias a aquellas formas, ahora escriben con corrección. Un alumno recuerda que el primer día de escuela, recién llegado del mundo de la lactancia, haría alguna, y Don Lorenzo le agarró de las dos orejas, le alzó en vuelo, y le dejó caer sobre su silla rompiéndola por completo. Hasta hace muy pocos años, pudo ver cómo quedó aquella silla, pues se encontraba tal cual la dejó, en las salas donde últimamente estaban las máquinas de coser. De Doña Elena, lo que más recordado son sus bofetones con la mano vuelta, dando con su inmenso anillo. Algunas veces castigaba sin salir de casa por la tarde, y si veía a alguno en la calle, le mandaba, con muy malos humos, para casa. Tampoco olvidamos la costumbre de llevar a los maestros alguna pieza de la matanza de casa: un trozo de lomo, una morcilla, etc. Recuerdan que cuando les tocaba llevar uno de esos presentes a Doña Luci, sentíamos un respeto tal, que, haya sido el día como haya sido, no había más remedio que llevarla la pieza, llamar a la puerta y decirla, -Buenos días Doña Luci, que la vengo a traer lo que me ha mandado mi padre-, dábamos media vuelta sin esperar mención, y adiós. Un recuerdo importante es cuando el grupo de chicos de la misma edad, tenían que hacer la tarea que ponía Doña Elena; generalmente un dictado de todo aquello en que se hubiera cometido alguna falta. Iban a casa de uno, en La Revilla, junto a la actual casa de Higinio, que se llamaba Santiago Sastre, al que llamaban "el rata", el hijo del pastor que, mira tú, en esa época ya tenía televisión. Su madre ponía unas palomitas de maíz mientras podíamos ver "Bonanza" y "Los Tres Mosqueteros", también salía aquella mujer rubia, francesa, más o menos ventrílocua, que iba con un muñeco de perro blanco llamado Marilín, y "El Capitán Tan", "El Capitán Trueno" y sonaba una canción que decía: -Había una vez un barquito chiquitito, que no podía, que no podía navegar-. A pesar de aquella distracción, nunca dejamos alguna tarea por hacer. Más tarde, la familia del "rata" se trasladó a la casa de Eutigio de la Cerda, donde se continuó con la actividad. Un recuerdo de aquél "rata" era que cuando ya salían de casa, después de haber hecho la tarea, siempre decía -espera un poco que me voy a echar un trago de vino- agarraba el porrón y... ¡zas! Con Doña Luci, además de los muchísimos dictados que mandaba hacer, solíamos dar paseos por el monte. También a excavar en los dólmenes, pues tenía mucha ilusión por que encontráramos algún resto de interés. Una vez sacamos una piedra plana y redonda, más o menos de medio metro de diámetro, con una cruz redondeada labrada en una de sus caras. Por último, es necesario hacer mención de una alumna muy especial y algo terca, que tuvo la escuela en uno de los últimos años. Una alumna que por habérsele quitado su sitio, no se le ocurrió elegir otro lugar donde estar más que en la salida de una chimenea. Naturalmente se trataba de una cigüeña, que por habérsele cortado el chopo donde tenía su nido, no se le ocurrió otro sitio mejor que la chimenea de Doña Luci. Tan pronto como lo vieron, derribaron el nido, pero ella terca como una mula lo volvió a hacer, y otra vez al suelo, y así hasta puso un huevo, y se lo tiraron. Por fin, se diría a sí misma que en este pueblo no parecía que le quisieran, y se marchó. No olvidamos a la cigüeña "picando el ajo" cuando hacía su característico ruido batiendo el pico. A.L.G. y M.R.C.
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